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Dame un poco de tiempo para pensar...

A raiz de esta frase; “Es mejor ser odiado por lo que eres que amado por lo que no eres”, empecé a navegar por todos los conceptos que se desarrollan en  torno a la búsqueda de aceptación. Desde el punto de vista psicológico hasta el punto de vista social, pasando por supuesto desde el punto de vista de un niño y de su entorno, cuando en lo más puro de su inocencia, reclama esa atención, con comportamientos que lejos de juzgarse, habría que comprender.


La búsqueda de aceptación es algo inherente al ser humano, pero quizá  habría que diferenciar entre la búsqueda de aceptación y la búsqueda de atención, ya que esa búsqueda de atención que podemos tener de niños, es más la búsqueda de un reconocimiento que nos sirve para medir en esa edad, nuestros progresos de adaptación a nuestro entorno.

En la búsqueda de atención se trata más de demostrar algo de lo que ya estamos convencidos, o de buscar un cierto cariño que puede que no nos estén dando.
En la búsqueda de aceptación, buscamos más el agrado, el caer bien a los demás o incluso el aparentar aquello que no somos y que nos gustaría ser,  porque con ello suplimos esa falta de aceptación que tenemos hacia nosotros mismos.

¿De dónde puede partir el problema?, en cualquier caso parte siempre de los parámetros en los que nos enseñan a manejarnos, en una sociedad principalmente competitiva que como ya expliqué en ESTA ENTRADA, nos aboca a un posible “éxito” siempre puntual, pero tarde o temprano a un fracaso, porque bajo los parámetros de la competición siempre encontraremos a alguien mejor en algún momento de nuestra vida.

No nos enseñan el desarrollo personal ni la satisfacción que nos puede ofrecer una evolución personal, sea cual sea el grado de evolución a la que lleguemos.
Por otro lado nos enseñan un código de valores llenos de prejuicios y condicionantes. Nos brindan unas necesidades continuamente ficticias, unos ideales a la carta que no permiten el desarrollo de nuestra creatividad, unas religiones con una búsqueda espiritual en el exterior, cuando todo el potencial lo llevamos dentro de nosotros mismos, un estado del bienestar que pasa por esclavizarnos dentro del sistema para conseguir todas las necesidades ficticias y que nunca serán suficientes según se vayan cubriendo, incluyendo dentro de esa pirámide de Maslow, la necesidad de Ego o de una autorrealización que no es tal, si te riges con los parámetros que nos brinda actualmente un sistema, en que para sobrevivir él, necesita despersonalizarnos.

Nos pasamos la vida buscando y cuando encontramos siempre habrá algo nuevo para buscar dentro de estos parámetros artificiales. Nos pasamos la vida queriendo ascender en ese status social o en esa búsqueda del bienestar, dedicando nuestro tiempo a trabajar para intercambiar por dinero, sacrificando nuestro auténtico desarrollo personal, nuestra capacidad de amar y de atender a los más próximos y agotando un tiempo al que cada vez se le da más valor en cuanto a optimizar los resultados.

Esas carencias que acumulamos para con nosotros mismos a lo largo de nuestra vida, las tratamos de suplir, con el mejor coche, las mejores marcas, la mejor casa, las vacaciones a la carta que no nos hagan pensar mucho y que el máximo valor lo tienen cuando puedes contar a los demás en donde has estado.

Tratamos de llenar tanto el tiempo, que nos quedamos vacíos. Tan vacíos que cuando en ciertos círculos en donde cuentas estas reflexiones, te miran con cara extraña y las preguntas estereotipadas suelen siempre coincidir en los derroteros de si te has vuelto místico.
Hemos llegado a un punto en el que en las grandes ciudades, no ves personas, sino autómatas, no ves sonrisas, sino caras acartonadas, lo que en un pueblo tranquilo, un bocinazo es un saludo de un vecino, en la ciudad, es sacar medio cuerpo por la ventanilla para cagarse en tus muertos, (con perdón).

Dice el refrán que las apariencias engañan y en esta sociedad lo único que se vende y se compra es apariencia.
Los niños se encuentran solos y reclamando una atención constante porque que los padres y las madres, llegan cansados del trabajo  y no les queda tiempo ni ganas de atenderlos.
No hay tiempo para las tertulias del café.
En esta sociedad de consumo, solo vale la marca con la que te vistes, el dinero que ganas y las propiedades que tienes.

No interesa mucho que pienses, para eso ya está la televisión con sus programas a medida, el futbol o cualquier cosa que te pueda mantener distraído.
Pero mira por donde salta la crisis y la gente se empieza a quedar en sus casas y se considera una blasfemia que empiece a pensar. Hay muchos, los más abducidos por la sociedad de consumo, que lo pasan francamente mal, porque no pueden comprar todo eso que les han inculcado que son necesidades aunque realmente no lo necesiten.
Otros, en cambio, empiezan a darse cuenta de que son esclavos modernos, del trabajo, de los bancos y de una sociedad que les explota para mantener su engranaje de personas autómatas.

Los que vencen esos miedos y se liberan de ese automatismo creado, se dan cuenta de que son capaces de disfrutar con sus familias, con apuros económicos, pero disfrutan de todo aquello para lo que no tenían tiempo. Se dan cuenta que en esa liberación son capaces de amar, sentir, disfrutar de cosas que en su esclavitud del tiempo ni se planteaban.
Puede que a los que manejan los hilos de que este sistema continúe, se les haya escapado de las manos este pequeño detalle.

Puede que hayan provocado esta crisis para acaparar más poder,  pero han provocado sin darse cuenta, que los autómatas tengan tiempo de pensar y eso ahora es sacrilegio, pero ya no estamos en la época de quemar a las brujas y puede que sí hayamos llegado a tiempo de replantear una sociedad para las personas y para la auténtica evolución, en consonancia con los ritmos vitales que se habían manipulado de tal manera, que la evolución social comenzaba a ser una involución humana.
Es momento de cambio. De cambio y de reflexión.

Ahora estamos a tiempo, porque hemos tenido tiempo.

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